Vistas de página en total

domingo, 23 de abril de 2017

acentuación

Otro lugar para practicar acentuación

acentos y tildes


Otro lugar para ver la teoría

teo acentuación

Las reglas de acentuación

 REPASEN LA TEORÍA Y PRACTIQUEN

Las reglas de acentuación

Generalidades

De acuerdo con su pronunciación, las palabras se clasifican en cuatro grupos principales:
Agudas, cuando el acento fonético recae en la última sílaba (a-YER, or-de-na-DOR, ha-BLAR, Ma-DRID...)
Graves (también llamadas LLANAS), cuando el acento fonético recae en la penúltima sílaba (a-CEN-to, FO-ro, a-MI-go, SIES-ta, za-PA-to, CA-rro...).
Esdrújulas, cuando el acento fonético recae en la antepenúltima sílaba (PLA-ta-no, a-ME-ri-ca, es-TU-pi-do...).
Si el acento recae en sílabas anteriores la palabra se denomina sobreesdrújula (ra-pi-Dí-si-ma-men-te)
El acento ortográfico se coloca siempre sobre una vocal, y en la sílaba con el acento fonético.
En castellano sólo se utiliza la forma de 'acento agudo', por lo que las únicas formas existentes son á é í ó ú.
La 'diéresis' sobre la letra 'u' (ü) tiene un significado completamente diferente.
La marca sobre la letra 'ñ / ñ', no es considerada ningún tipo de 'acento', 'marca diacrítica' ni nada similar. Es una letra en sí misma, completamente diferente a la 'n / N'.
Las formas singular y plural llevan el acento en la misma sílaba (CRImen/CRImenes, naciON/naciOnes). Sólo hay dos excepciones a esta regla: caRáCter/caracTEres y Régimen/reGímenes.

Regla básica

La regla básica de acentuación ortográfica son las siguientes:
A) Las palabras agudas: se acentúan siempre que su última letra sea una vocal (aeiou), una 'n' o una 's'. Así, se acentúan: pa-pá, ma-ní, le-ón, A-ra-gón, Pa-rís, pero no: ayer, caracol (no terminan en vocal, 'n' ni 's').
B) Las palabras graves: se acentúan cuando terminan en consonante que no sea 'n' ni 's'. Así, se acentúan: tré-bol, már-mol, ár-bol, án-gel, pero no: casco, tipo, sangre, menos (terminan en vocal, 'n' o 's').
C) Las palabras esdrújulas y sobreesdrújulas: se acentúan todas: plá-tano, A-mé-ri-ca, es-tú-pi-do, mur-cié-la-go.
Otra forma de verlo: Podemos explicar lo mismo desde el punto de vista opuesto:
A) Las palabras que terminan en vocal, 'n' o 's' se pronuncian con el acento en la penúltima sílaba (za-PA-to, di-VI-de...). Se llaman 'llanas' o 'graves'.+ B) Las palabras que terminan en consonante distinta a 'n' o 's' lo llevan en la última sílaba (ver-DAD, prac-ti-CAR, vi-RREY...). Se llaman 'agudas'.+ C) Todas las palabras que no sigan estas normas llevan un acento ortográfico, que indica dónde recae el acento fonético.

Los diptongos:

Estas reglas se complican algo cuando aparecen dos vocales seguidas, pues a veces no es fácil saber si forman diptongo (es decir, si forman parte de la misma sílaba) o hiato (es decir, si están en dos sílabas diferentes). Las reglas son las siguientes: La combinación de una vocal fuerte (a-e-o) y una débil (i-u) forma diptongo (una sílaba), y el acento fonético recae en la vocal fuerte (bAila, ciErra, puEsto...).
La combinación débil/débil forma diptongo (una sílaba) y el acento recae en la segunda letra (ruI-do, fuI-mos, viU-da...)
Dos vocales fuertes seguidas no pueden compartir sílaba (ma-ES-tro, con-TRA-er). Forman hiato (dos sílabas) y siguen las normas generales.
Todas las palabras que no sigan estas normas llevan un acento ortográfico, que indica dónde recae el acento fonético.
Principales excepciones y casos especiales:

Palabras compuestas:

Cuando una palabra forme parte de otra compuesta como primer elemento de la misma, perderá el acento que le correspondía: río / rioplatense; décimo / decimoséptimo; así: asimismo. Sin embargo, en los compuestos de adjetivos unidos por guiones cada elemento conservará su pronunciación y acentuación: hispano-soviético, crítico-biográfico.
Los adverbios terminados en '-mente' se exceptúan de la regla anterior: llevarán acento cuando lo llevase el adjetivo simple: ágil / ágilmente; cortés / cortésmente).

Diacríticos:

Algunas palabras pueden llevar o no acento dependiendo de su significado. Las más importantes, y simplificadamente, son:
Aún: Llevará acento cuando pueda sustituirse por todavía.
Qué, quién, cuál, cuyo, dónde, cuándo, cómo: Se acentúan cuando cumplen una función interrogativa o exclamativa.
éste, ése, Aquél (y sus femeninos y plurales): Cuando son pronombres personales
Sólo: Podrá llevar acento cuando cumpla una función adverbial (es decir, cuando pueda sustituirse por solamente (para los que hablan inglés... sólo=only, solo=alone).
Dé: Se acentúa cuando es una forma del verbo dar.
Más: Cuando es adverbio de cantidad.
Tú, él, mí: Cuando son pronombres personales
Sé:Cuando es una forma de los verbos ser o saber
Sí: Cuando es adverbio de afirmación
: Cuando se refiere a la infusión.
Otras: Hay alguna otra norma menor, referida a los compuestos verbo + enclítico + complemento, el diptongo 'ui', palabras latinas, nombres geográficos extranjeros, etc.


 PARA PRACTICAR LA ACENTUACIÓN
VAYAN A LA PÁGINA:  ejercicios de acentuación!!!

Algo muy grave va a suceder en este pueblo



Algo muy grave va a suceder en este pueblo
Gabriel García Márquez

Nota: En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García Márquez contó lo que sigue, “Para que vean después cómo cambia cuando lo escriba”.

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
FIN
 RESPONDER:
1- ¿Qué comentario motiva el desarrollo de la historia? / 2- ¿ De qué manera se propaga el rumor? puedes seguir por donde se expandió?  /  3- ¿es cierto lo que dice la madre o lo provocó?  /  4- ¿puede suceder una historia así? ¿Por qué?  /  5- Busca la palabra premonición, predestinado, deja vú y copia su definición.  /  6- Pregunta a los padres o tutores: ¿alguna vez tuviste el presentimiento de que iba a pasar algo y te ayudó a prevenirlo? ¿Tuviste un sueño premonitorio?  /  7- Imagina una historia parecida a la del cuento pero en otro lugar. en el mar, en la montaña o dónde quiéras.

martes, 11 de abril de 2017

La madre de Ernesto Autor: Abelardo Castillo



La madre de Ernesto  Autor: Abelardo Castillohttps://img.madreshoy.com/wp-content/uploads/2016/01/madre-sola-triste-Copy.jpg

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sen­tir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, por­que no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella esta­ción de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofen­sivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se trans­formaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocía­mos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
– ¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
– ¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la ma­dre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conse­guir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos ani­mábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha tam­bién pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado jun­tos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos ve­níamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de ma­ternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos no­sotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuel­to. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo mons­truosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aní­bal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez mi­nutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son lar­gos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estóma­go: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepo­tente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los prime­ros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los ha­bía visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acor­daba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
– ¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
– ¿Y si nos hace echar?
– ¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estre­cha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, ha­blaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus pier­nas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso co­mo cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resopli­do, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro sa­lió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocu­rrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua salien­do de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Er­nesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Ru­bia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vaga­mente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a son­reír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella en­tonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al prin­cipio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Di­jo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Sobre del autor.
Abelardo Castillo (San Pedro Provincia de Buenos Aires, 27 de marzo de 1935) es un escritor argentino.

Actividades:

1- ¿Qué tipo de narrador tiene el cuento? ¿Qué punto de vista adopta? Justifique con citas textuales.
2. ¿Cuál es la situación actual del narrador? Ejemplifiquen con datos del texto.
3. Este cuento tiene un marcado carácter confesional ¿Por qué crees que el narrador elige esta modalidad?
4. Extraiga las palabras utilizadas por los diferentes personajes para referirse a la mamá de Ernesto ¿Qué carga semántica poseen? ¿Qué prejuicios sociales reflejan?
5. Rastree en el texto y luego transcriban fragmentos que hagan alusión a la mirada ¿Todas connotan lo mismo? ¿Por qué? ¿Qué importancia tienen para el cuento?
6. En el mundo de los adolescentes hay una constante lucha entre el SER y el PARECER. ¿Cómo se manifiesta esta dicotomía en los protagonistas del cuento?
7. ¿Qué tema y valores se trabajan en este cuento?

A la deriva Horacio Quiroga

data:image/jpeg;base64,/9j/4AAQSkZJRgABAQAAAQABAAD/2wCEAAkGBxMTEhUSEhIWFRUWGBUYGBcYFxUWFxUVFRcWFhcXFxcYHiggGBopHRUVITIhJSktLi4uFx8zODMsNygtLisBCgoKDg0OGhAQGi8lICUrKy0tLS8tLTUvKy0tLS0rLS8tLS0rLS0tLS0tLS0rLS0tLSstLS0tLS0tLS0tLS0tLf/AABEIANsAmAMBIgACEQEDEQH/xAAcAAABBQEBAQAAAAAAAAAAAAAFAAEDBAYCBwj/xABBEAACAQIEAwUFBQcCBQUAAAABAhEAAwQSITEFQVETImGBkQYyUnGhFEKSscEjYnKC0eHworIVQ1PC8QcWJNLi/8QAGgEAAwEBAQEAAAAAAAAAAAAAAAECAwUEBv/EACsRAAICAgEDAwMDBQAAAAAAAAABAhEDIRIEMVETIkEyYXEVobEFFFKR8f/aAAwDAQACEQMRAD8A9ZJpqemNWcBjUqcGkBTENNKny01AhUqVKaAFTmlSmkMaulpiaQNDBdxzSFMxpA0FXs6piaYmmFFCbFXQpA0xNAHVKmmlQVZE95QJLAAbkkQB1JpG6IzSIiZnSN5mvNrvFgCwImI3JglAMpy7CMuwq6eJBQTBZTm0LGNI5HTn+Vcv9Rl/h+5DqjXWuN2WfsxcBMlfDMNCJ2JoiDXnnBscG0KrlO430I2M/M0Y4dxgWwVjMAJgEaAkwNdI0P0qof1KN1NUXwVKns1hNNNC8HxtLnuztJBBBEQCDOkir9nEIxIV1YjcBgSJ2kDavdiywyK4ktMnFLLTKaC+2WJu28Kz2XyMGtjNAMKzqrHUEbE1oVFKWg5FMRQTEYLGIQbGKV43S/bU5vDtLeUr+E0ExvtRdvYW3esq9q4MUuHu21KOwIco6qzDKdYIJikWsfLsbWKUUFsXr6sCVxDjaCMOoE8yVIOlUL3Ev/nX7N3F9ki28O1pAUBc3O1DwCCWPcXQdadk+maqubmg0E+HWsxaxuLTBYu857yC62HLqA/ZokqbiiBJIYx0iYNT8Ix9/wC0C1fYFbuHtXbJgA5kEYhW6mXtHzNAODphDBYS5bZizBhcGZokZbm2kkyCDHL3PGq4wV17Vu0f2fZone9+bigAEQw0BE670sPjX7fEs7AYeyqKumpcAvdYnoAUA86q8AxuIF5reLIm8vbWABlyrs9g9WSUM88x6UCp7NBZYlQWENAkAyAeYB511FIClTMzoUqS0qRaPBsZILNMjvQddTDfrUa4hnUgtsWMTA1I5VDirkgrmAE6aeQWOUQR5VWFlj6HXrtXz8o1psvjrYf4RjgjsW+5rvuABXTcanY7hfT/AA0AYku0KYKsPQHbw/pUn2Z50UyAm+gLESonnoZ+S+NT6Mbtj4+TbcJ4wwtv3oJy6/KZ/wBtWsHjbqljaOozgE6gFgYY+arrWGwllhb3IGpk8wJ1+tFeC4ghWJImc5BnTRjB8ZIFThU8cvY9X2Du/ser8D4suJtB1EE7jxG8HmPGq3thad8I6W7bXGYoAqxPvqTMkaQKr+xeHZLXen5E5oDaiDvtHrWir6HG3KNsyUuMrB9/FXnlbNsoSD+0ugZUPIhAZc+Gg8aDcb4KbGEtW8Nae6UxFm6wBXO+W6Ll1ySQCx1PzNaoCupq2XGdAxuKtE/Zr89MqT/uihOI9n1xOJxXb2j2b28KEeQGW5b7clrZGqMude91rU56ibFqJllEbywEfPpuPWlspTSejN3Rivs2Jwt20924LNxbd5QoXEZkZVkT3Lk6EbHcHkLfG8BdFizctJnv4c22VARLwAl22CYGqlhrpMHlRZeJ2z/zE/Evj4/un0NS/b7YOroNt2HPWk7LTiwF/wAMuPbtYe4CAwN2+6mBnzBuzU76sfwp411xrgTG32ll7jX7J7S0HuMVZ1B7rDowJX+ajX/FLJ07VPxr4nr4H0pn4naWJde8SBqNSNT6UrY6in3Hw7FkVihQlQSpiVJElTGkjaugKlXEA6jUH0pC5TTfgzlGDfc5VDSqQXaVGylGHk8JPCFftTlICAknXuqJJ16xQrG2jmt6wYzR8IOUgzz6edene0S/ZsBfzxne2y6fee4e8SeQBY+XyrG43g168O0RQysqqCsBsqALIB3Egn061zpYnGP3IjLVso2MZ2aGe9lgqZ1EEaeeWPOieEdLiKWbS46IAOmVV/1ZR5AeNZfiNhrYYHNLHKARA12P1qaziiAqgyASQOuVTlgc9YrxSxJrXdj46tGmxGFUsLU5s4CrlMaZlzxPgQNetT4jBLh8xW9EwZADFZzQqSNZMa793xrPpdugBoJdgqgcwo1j6ST/AEq/auEWpuEljGo3M7gHwAPpUQTi0rHy4hT2f7RmQJdy3BI0k5hAgqwmd3kfvLXpuADBFDmWjUxEnrHKs97CYZeyNwaZjMfD4fOtSBXcwRajbMZNyezljWT4R7Wtc7LtEAFyxZud3471w24BLQEEbnrWuy1xkHQdNhtW400u6M43tnZFtr2RwihTJygksucACZJyyf5abH8Zsd5ymZWdkfuhmIsLdaAqkMPcYgmZnx00jIDyHpSCCZgelA+cU+xm716w1sZLCD9stolhKIXUEtoYYQQNDEwOVVk4lhnItXsOuYtAiMjgO9hWUMdoQTvoRqa1ptiMsCDpECIO4jpUGDwNu0i20UBV0UbhR0E7Dw8KKD1F8ma4dxPDXFVzh5LC1LwqqXa32i7ucujNufOuLnGMF2Zb7KezRCw7oUDMFbJBOjHQgfu+FbDIIiBr4DWh+H4LaS614L33mSdd4n57DfagrnEvWCCoK7EAj5EaVJSApTTMh6emmlSKs8x9suJWcUFtsxUFrWaBMjMJCwdJE6+NcYjii3LyoB2Sa7N7oEBV8DqfQVk76Ozakd1pCjZipXL+TVZxfCrjAkHckiJhtdNfmfoa5E80p6LlxdI0PFeBdqqs7Hs1kjLBLOAMuYnluKzOOur27MBItBEC7ftSAzHTcAqB6U2C4ncshrT3IEyQSfeAOx/zlXVrjCPobOp2ywWLGefM6ipg8i29msYUg6zqq9pIYMG1kAEDQKPhUzrJ6VVvX5YlLY7JTu8gXDA1I3jTSTJmh9m4blw28uVFeDse9mlgNToCEB/ho7a4XccZXcBYBjdiPdJg+NZxwOc7S2YfQwrwO69ovbsuFGYHLGhMLO+gOu3OdxGvoFpjG30ifEDpXm3COG3zmOQSuQAk5Ru0AzzzBNuhr0yxOUTvA/KuthlJx9xcvdtjTTGpw1IkVryE8aruQU8VNp4U2YU+Qeml8kMUoqUkU2lOyHD7kdKuiKVBNDA0qY0ppgdRSpwDSpWVxfg+eWxgYk22GkyNYIOxHyPOjns5xwql+8clxwqpbUk90DM2gHUuZMfcPjWXx14tmUoAjENppvOXKeQ1Pz8qu4fBnL2isLQUEHeSWCwv7x3rjSm4bTo9VKiTjfs3eZLcDNn77XNNAZLnLyJZqjtYTslJt5QYGVyw0G2YHrrPlRjA8dksMsttJ3M6AxsCP1qlj7juBbYBQDrp3tNteRrFZsknTIuTfEhs8Se1As3RkWcoVQSAAAInfap8Xjbpdbt0m3AUBoG5BkFojYzA6jaga4aGC9oGYGYYnbTQQNDqfSrvtLfuhcjKvZjUQM3fbU+BPLfTatny5JcjT01aQf4NjLQi67y2k5ixdtpHcjaJmPLWvXsDxK3dAKNMiY5j5ivmvBYrvS0xBIjTUchHj+Vew+yPtBhhFq6Et3CAQ8znmTqxG+n0PSvd074tqTJy467G8zUprlTOop69lHjsemNdCmikVQ1OKRpqYuwiaU0qUUCFNdgmuQKeaRS0dh6VCuJ8btWSEZu+wJVRJJjmY90eJ6GlWcpQj3NVKXweFWHH7X4VKGP3cxMf7vWjuDwgOoRSxGgJ6/dA2msxfbs1ZI98MuhmPfKAH5EjXoKL8M4hIz7Sx2PQwPyrjzVRbR7en6ZZZO3o74pjuwcKttOr6a9SBO3yo9j8McRaW5bOUkLPdn1giOlSL9nxwC3f2d1QALnIgbBwPeHjuPpVc4u9hnKXVACwYG2gkEfFudfCvNlbpSgt/Jn1HTvE1/IGu8HyENdfW4SW3VciRA8dWUAfPejJxCXHuZTmBhgBzLBQFHqx8POgHH/aIYmWZTBIAAG2XUnwJJ+goDwviFxWlZ72hjmvX0+prSGDJkjyn3MlilJWy/8AYQ6qckSA5A01IhQBEkaHnz5VsfZHCqzqCVQDvDOgKvGhAaZU+J60Ktsrrkt6lomAQqAZpg8wBAB+fWtz7LtYw1oZ8Qro5JXNGadJgDU8+u4r2dKvUlT+CZyk9G0A5RSND7HG7LqHQuyHZxbulD/Nlig3Hv8A1BwOFbJcu5miYUZvKetdW0ZelN/BqRXVCuGe0GHvnLburnABNtu5cAYSCUbvaiigNBNOOmPFLLTzTE0DpD1yaBcY9oRbbIoBMRPQmdPKPrQrg3G7hv3My91t+eoGkDl+tYrPj5cL2OkzYzQ/GcQyglYkAwG2JjSTyFA8Z7SnvIsDfvSsjL70jXWYArI3uMOkO14kNqdBlBEHYyRHzofV4Yum7/AuDOMVxLLcd1Km5rLQe8zETOvzgTpNKg1/GgkyQzSSWgAsTv8AmfWlXOnGMpt9z1KPkB4i4CwJAAB3nujXSP8APyq5w3Z9Bo77bHvHWefzqY2UJP7K2Cf3Tr9TXGHJD3F8VPkRofpSklwaR0ekXGZcttFaDAY63dRbWJGYL7j/AHrc9PiXqtZsmklwg15lrsdGcFNUzjjvs89jSM6NJRlGjL1HTxHL0kEmGGmpXUCY0O2mny16Ct9gONTb7C8guWjuDuD1B5H5VM3sxbYM+FVL2khTpcQ7CRoHg66QfCvRDMnrsc7J08o/Sc+yXsu9xJzG1akh2AHaOVMFLU6KugliNyYrc4fCWrSC1atqqwARElgPiJ1bzqnaxa2bSqGGVFCgaScunrWf4p7SOYyAwzBR90kn58qztt1E6XT9Jjxrk9s0fEeOiwVUsczAlRrrliQPUVjP/VfiyPw2z2oRrtx1NudWULq5HPLBAP8AEKgwN65iL7K4AFslFIJIIOVnckj+EeRqnivZ+1ir1hsRddrYs+6pydmARly7zMyZ8a2wLjO5PsVnpwqK7mVPH+1Nl75W1fwqjs7gTN2yqVZEuRoCMphueaOVfSeHuEorOApIBI2APnXjtz2HwFy+0BrdoIIAY6tpzOvxVurPEbCqqMzPl0lixJjrXQ/uII4+fpJZKpGgxfFltoznYf0k1lONe0iXLMyxGYSshJA13I2g8q74ji8M0FhI6e8PrQ7EcZwNvfDjNEe4J0kjQ1OTqVVQMP0+YA4txCFDZgS0s0b69J8x5ChfDcZcsZnDEjXfaDznkelHr3Elv6WMMsDnEKnPVzoNzpA8JqbB2eyXtXy3GXRRHdz/AHQAd/mfTnXMkowVeTWHQS7MzP2xtyIzRJII7wPKfCR5UMvYh1k6kE7GdBM8/nWs4jiVcgEZIAE9ySROpmddTQ04CwTJuzPLb6watcIvsN4HBuwIuqgkxDTEmTOw132pUWvcOtgAB7YMz7zH9NKVaqUfI/TT7MI2LMnSwB4DMw38STNQcTwxQi5kKgwraGI1yn1JHnRtMTbIMdqNNJCfkDVXGNZZcrFsp3kCfCNd68qnJyqRGPI4zsCNpUdKyjSyMZKxB07ymYaOWx05RUvZEUpLi6OzF2rHUxVnBcTe20qY/wA8Krk9a5MVDVjNMnHLVwft1Y6QHUgOPM6NHRga5HC2JN63eW+mRoBAR0Ikk5RzjQxPltWZFSWrrLIB0Ig/I1cJyiS1rTCvs3bNzDlhcVXvd3MZZV7SWcQIJhe7UntBhmskMtwOWAXIi97KMxJ7wIA1AoLaulrSKO7EGRoVaMp25709zF3Lh7QsoaMuq7gE9CCATrFeu4KLvuO25regng0drZc2yY5AE3AImTbEab6gz4VUPGLjHLats7HYATv8Kpr5SafAcXdCBOVxGo2Mc1P+Gi15lvqch7M7ldrbtzP7reOx8N6y5fY9eXp3w543a/cFZcQQC9xbZGyKZfzg935E1BawaKdRmPMsZHkBpHzmoyhUkGVIMEbEEf59aVzEp964o8Jk+g1rNyk3o8dJBM44QF1gbbAD5D/NqIJDZYlgvIc3O58hoPmaB4AK7AZio5sVgAeAbc0eFnKIScvLWojjp2yoq2cYmyh96y0+LL/9aHYjC2hE2hrsMxJ+gFGVv3B/cA1HcZiZP5CtZPWhZYScaQDv4BfeFs+Tf2pUcDtTVknk8HPXT5/BU+ztl7uUHoTr6G5TXuEMw1UmemX/AMCocNgCD938Skf6SabFWgszlI6D+41rVQd/8MY4W5UVcdhMsSMhH3gygkdCTv6VwlwHTOPMSfKFFVIDHYqOWxP5ik1sDn6wP1NW5K9qzpQx8dIsXbR5N/pNV+0IPIj+Fp/Ol2yjXP8AUEekfrUlvFIRsxP7oaPrNL2v4Lpka3D0P4f/ANV21xuSg+BEf91SWrWc5QjSdpaPyqS5whzqBl+Zuf2o9q8BTIrQdkdRlV8wMGSIhjoN/vDnVZFu82XyU/1q9h+B3TLZ0ULGwaZP8w6Derh4T8d9vkAo/Q05tPsWoMz+fNoWZvAAKR5nUVeGIK6mY8YDeZEBvQURXhNqdA7HqWP0jQVJhsCgMhddtZJjzqXL4R08CxYYW75fnX8EV3idq5by3EzOqkI8KSNtG+JfqOVCsNh7jadmV+QMesCthZBHhU63z4ego7o8eWUJNuMaf5MueC3QJ09asWMDfWIbyma0JxTeHoK7TFkbhT5UlBGGwfgRezHPBHhvNX4PQ+lTW+JEbIg8qkXitzkq/hJq0kS5S8ECWHOyn0pVdXi974f9MfpT1VRJ5z8IymIwt4nW6unSB/20LxAYnL2xM9FWPWjb2jsRUP2aNMg9JrJqzdtPdL/QCGBPxt5QP0q3Y4P+55t/eilu2w91QP5aTq56/lRQJvyRWeCKPegfIVKOE2+ZY+f9KdLT+NTLnopCoVrCrbIKaMOf/miQxS3Ey3ND1/wVRUHnXRWhxsalRYs4cAzusdd58qEcVv20Yqslt4nb56UQynqflQ/G8KVpYaNTit7Bza+kg4djSzFY0j3QDqRt+tG0wNzlbPpFZuzwtw6kk90g7k7Ga0C3m5sfU1pLj8Gac2SvhnGhUz8ia5FlvhPoa6F8/EfU0zX2+I+pqND2MLTfCfQ08NyVvwmm7d/ib1NMb7fG3qf60Bsmtrd3CN+H+1W7d+/yU/h/qKGi83Mn1Ndi6ep9adiabLt3iF8aGR/KP6U9Uxebkx9aVOxcF4KhxIBrocSbcfkKjSyT9410cP8AvGkVo7HE7h6aAnXoPKkcbc00XUEiQNY/z8qhazGzmoThT/1D9f8AOQp2hUi01xzvlG/XWDB28vWuJfLmlY8+pA+oNV/szfGfU0/YMf8AmH1NGhljK8xmQHXnp3QCfoRTojtEMpmYiOVVxYcbOfrTPZbYsSPnRoNlpbbxOYR+XLWmNh+bjeBtqTB09R61W7E9T+L5/wBT6062SPi/EOW1Gg2WhhmIkOp+UeI/Q1C1tgAe0WDseRqM2+fe/FTra/i9aNBsTuwLDODl3jXnH51J3xIJAgAmdNDH6mmFsCTDSd6Qtr8Jo0B06ODBZBEk67QYpHDXDuQPMdYj1j1pHT4vrXIcDqPI0aDZwbD9abJcHJj8pNWLeIA2b9KmGLbkx9aQWymFudH9DSoiuKf4vypU9CtgVsUwPOm+3NSfiTnePQV3axvUCnxCyB8WToRXYnxq4cWPhX6/1qEYsTyNPiw5HNtCetd9l/F6V0t8dRXfbjqPpUtMdldh0zU6sw+63nU6sOtEeD8MbEXMisAYJk7aR0+dS3Stg3QHF5/h+hrubhrXH2LugEm7bAG5OaABXQ9jbmkXbZnbfUeFR6sPJPNGPNq51+tP3xt+lbH/ANl3f+qn+qs7j8L2d57JYFkiY8QD+tOM4y7DUkyhnfpSz3OgqyynrXOSrHZEC/hTPm+KrIWmZaAKLBju1MljxI+VXMoqO7annFMDqwP3zSrhcOPipUUANDr0pdsOlQEVzFLkKy12vhTB/Cq0U9PkFljtfCnF2eVVVqdRTGSh/CtJ7CY1LeILXXS2vZt3nYINxzYxWYFK6siDSlHkqFJWj0zivEsLevIy8Sw6IqXAQL9uSzFYI78bA7g78t6rs2DkN/xWxmXNkY3rZIzZJDftO8O5ECNDHjXmf2RPhFI4ZPhFR6CXyY+meu8K4tg7OYHiVi4GKxmv2pGVFTfPucsnYSdq8647jlfH4l7bLcQlIZGDKe4uzDQ0FNhfhHpV7AoANBFOOJQbZUYUzt8U3JT9adcQ/wANK65GxpW7h61RqSC8/wANM11+ldhq6FAio7OetRmfH60QrlhTsAeCfGnoiFFNRYH/2Q==

A la deriva                     Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
FIN


"A la deriva"
1. ¿Cómo comienza el cuento? ¿Con una descripción? ¿Con una acción? ¿Con diálogo?
2. ¿Qué se imaginan que es un "yararacusú"? Aunque no sepamos que es, ¿qué indicio nos ofrece el narrador para adivinar qué tipo de animal es?
3. ¿Cuáles son los detalles que nos da el narrador en los primeros párrafos y cuál parece ser el conflicto? ¿Cuáles son las emociones y el tono del cuento? ¿Cuáles son las sensaciones físicas que narra?
4. ¿Qué tiempo verbal domina el cuento, el pretérito o el imperfecto? Examinen el uso de los dos tiempos y expliquen el efecto del tiempo en el cuento. El tiempo en sí es importante en el cuento, ¿cómo?
5. ¿Qué decisión toma el hombre para buscar ayuda? ¿Cuáles son sus obstáculos?
6. ¿Qué es el Paraná y cómo lo describe el narrador?
7. ¿Cuál es el momento de crisis en el cuento donde todo cambia o toma su última dirección y desde ese punto el cuento va inexorablemente a su destino?
8. ¿Cómo cambia el tono en la última parte y por qué es distinto?
9. Discutan los motivos del viaje y del río y de lo de estar "a la deriva" y la muerte.
10. ¿Cómo es la muerte en este cuento?
11- Ensaya que cuidados debería haber tenido el hombre para evitar su accidente.
12- crea un cuento con una persona que tiene un accidente con un animal.