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miércoles, 25 de marzo de 2015

La madre de Ernesto, de Abelardo Castillo




La madre de Ernesto  Autor: Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sen­tir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, por­que no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella esta­ción de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofen­sivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se trans­formaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocía­mos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
– ¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
– ¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la ma­dre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conse­guir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos ani­mábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha tam­bién pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado jun­tos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos ve­níamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de ma­ternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos no­sotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuel­to. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo mons­truosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aní­bal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez mi­nutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son lar­gos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estóma­go: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepo­tente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los prime­ros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los ha­bía visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acor­daba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
– ¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
– ¿Y si nos hace echar?
– ¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estre­cha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!

A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, ha­blaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus pier­nas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso co­mo cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resopli­do, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro sa­lió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocu­rrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua salien­do de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Er­nesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Ru­bia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vaga­mente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a son­reír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella en­tonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al prin­cipio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Di­jo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.


Sobre del autor.
Abelardo Castillo (San Pedro Provincia de Buenos Aires, 27 de marzo de 1935) es un escritor argentino.



 
Actividades:
1- ¿Qué tipo de narrador tiene el cuento? ¿Qué punto de vista adopta? Justifique con citas textuales.
2. ¿Cuál es la situación actual del narrador? Ejemplifiquen con datos del texto.
3. Este cuento tiene un marcado carácter confesional ¿Por qué crees que el narrador elige esta modalidad?
4. Extraiga las palabras utilizadas por los diferentes personajes para referirse a la mamá de Ernesto ¿Qué carga semántica poseen? ¿Qué prejuicios sociales reflejan?
5. Rastree en el texto y luego transcriban fragmentos que hagan alusión a la mirada ¿Todas connotan lo mismo? ¿Por qué? ¿Qué importancia tienen para el cuento?
6. En el mundo de los adolescente hay una constante lucha entre el SER y el PARECER. ¿Cómo se manifiesta esta dicotomía en los protagonistas del cuento?
7. Qué tema y valores se trabajan en este cuento?
8. el siguiente enlace es una entrevista a Abelardo Castillo: Entrevista a Abelardo Castillo
Explica el o los temas de la entrevista y comenta tres o cuatro ideas sobre el escritor y la escritura.

Viejo con árbol, de Roberto Fontanarrosa





Viejo con árbol                 

 de Roberto Fontanarrosa

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
--Ojo con la vía, alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
--No pasan trenes, casi, tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
--¿No vino la hinchada?, ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo-. ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
--La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá, bromeó alguno.
--Por ahí es amigo del referí, dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha --casi a desgano, aprovechando para desperezarse-- cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
--¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? --medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
--No sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado. Música dijo después, mirándolo de nuevo.
--¿Algún tanguito?, probó el Soda.
--Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
--Pero le gusta el fútbol --le dijo--. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
--Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte --dictaminó después--. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
--Mire usted nuestro arquero --efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra--. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales --se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba--. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
--Vea usted --el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner-- el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y siena de los muslos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
--Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
--Y escuche usted, escuche usted... --lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido--... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
--Y vea usted a ese delantero... --señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado--... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
--¿Qué cobró? --balbuceó indignado.
--¿Cobró penal? --abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha--. ¿Qué cobrás? --gritó después, desaforado--. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
--... ¿Y eso? --se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
--Y eso... --vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra--...Eso es el fútbol. 



CUESTIONARIO:
1-      ¿Cuándo y dónde sucede este cuento? ¿Qué tipo de cuento es? ¿Por qué?
2-      Caracteriza los personajes
3-      Cuenta el argumento con tus palabras
4-      ¿Con qué compara el fútbol el viejo? ¿Con qué artes lo compara? ¿Por qué crees que lo hace?
5-      Los futbolistas: ¿son héroes o ídolos? ¿Qué diferencia hay en estas dos palabras?
6-      ¿Cuál es tu ídolo y por qué?
7-      Si fueras un héroe o un ídolo de algo: ¿De qué serías y qué harías?
8-      Cuenta una anécdota asociada con el fútbol y tu familia o amigos (min. 10 renglones)
9-      Crea un cuento donde se resalte el fútbol  u otro deporte  (min. 15 renglones).

jueves, 12 de marzo de 2015

circuito de la comunicación

Acá tenen para verun vdeo de Educatina sobre el circuito de la comunicación: circuito de la comunicación

Funciones del lenguaje


 


Principales funciones del lenguaje

 

Las personas nos comunicamos para cumplir objetivos muy diversos: preguntar y dar órdenes, informar, manifestar sentimientos, hablar del propio lenguaje, etc. Estos diferentes usos del lenguaje que hace el hablante según sus intenciones es lo que conocemos como funciones del lenguaje.
Podemos enumerar las siguientes:
  • Función apelativa o conativa. Es la función que predomina en las órdenes. El receptor es el elemento que predomina en el acto de comunicación pues el emisor espera una respuesta o una acción suya. Ejemplos: Manda la carta por correo certificado; tráigame un café bien cargado, por favor; hágalo usted mismo.
  • Función expresiva o emotiva. Es la función que se manifiesta en la emisión de sentimientos. El emisor es el elemento que predomina en el acto de comunicación pues da a conocer su estado emocional y, por ejemplo, expresa miedo, alegría, euforia o tristeza. Ejemplos: Estoy harto; hoy hace un día buenísimo; ¡cuánto me alegro de verte!
  • Función representativa, referencial o informativa. Es la función con la que transmitimos información objetiva a otras personas sobre cualquier cuestión relacionada con el contexto, con la realidad a la que se refiere el mensaje. Ejemplos: Hoy está lloviendo; la fórmula del agua es H2O; el tren sale a las 16:45.
  • Función fática o de contacto. Con esta función se intenta descubrir si funciona el canal. Es la función que se utiliza para iniciar, interrumpir, continuar o finalizar una comunicación. Ejemplos: ¿Diga?; ¿Me oís bien los de atrás?; Buenos días.
  • Función poética o estética. En esta función destaca la forma sobre el contenido. Es frecuente en la literatura. El interés se centra en la manera en que se transmite el mensaje. Ejemplos: Alada la cabeza se alzaba al aire; monótono que, como casi siempre, las cosas sucedieran progresivamente, de menos a más; yo diría que es el lugar donde anida la tristeza.
  • Función metalingüística. Esta función consiste en emplear la lengua para hablar de cuestiones relacionadas con ella. Nos conviene comprobar que los interlocutores emplean y conocen el código que se está utilizando. Ejemplos: Yo es un pronombre personal que funciona como sujeto; bueno se escribe con “b”; achaparrado es un adjetivo; aldeano: natural de una aldea.

circuito de la comunicación



 
Los hombres usan la lengua para comunicarse y para establecer relaciones con otros miembros de la comunidad. Cada vez que lo hacen se generan situaciones comunicativas, es decir situaciones en las que dos o más personas se comportan como  PRODUCTORES y RECEPTORES de MENSAJES.



 Comunicación                                              




Los elementos presentes en cualquier situación comunicativa constituyen lo que se denomina CIRCUITO o ESQUEMA de la COMUNICACIÓN, que puede representarse de la siguiente manera:


       



En todo acto comunicativo hay por lo menos
un emisor que transmite un mensaje a un receptor en
una determinada circunstancia de lugar y tiempo,
mediante el empleo de un canal. Para que este acto
pueda concretarse es necesario que el emisor y el
receptor conozcan el mismo
código.
e interpretar los enunciados con más claridad y calidad.
Elementos del circuito de la comunicación

Emisor:  es quien produce el mensaje
Receptor: es quien recibe el mensaje
Mensaje: es lo que se transmite de un participante de la comunicación a otro.
Código: es la lengua o el sistema de signos que se emplea. Cuando hablamos o escribimos “codificamos”        y cuando oímos o leemos “decodificamos”.
Referente:  es el tema sobre el que trata el mensaje.
Canal: es el medio por el cual se transmite el mensaje  (aire, papel, ondas sonoras, etc.)
Marco: lugar y época

Tanto mayor sea el conocimiento que el emisor y el receptor tengan de las
estructuras de la lengua, más rica será su competencia lingüística, y serán capaces de emitir.





Competencia comunicativa

Se denomina competencia comunicativa a los conocimientos y aptitudes  que necesita un individuo para comunicarse en contextos diversos.

TIPOS DE COMPETENCIA
     

A la hora de comunicarnos, intervienen otros factores, ellos son:

** Competencia lingüística: es el conocimiento que el emisor y receptor tienen del código que utilizan.
**Competencia paralingüística: se llama así al conocimiento y el uso apropiado de los gestos y movimientos corporales del emisor cuando emite su mensaje.
** Competencia ideológica y cultural: Se incluyen aquí los conocimientos que cada individuo posee sobre el mundo (hechos sociales, culturales, históricos), sin los cuales no podría entenderse el mensaje.
**Determinación psicológica:
Se refiere a los estados afectivos o emocionales del individuo que marcan tanto la
producción como la recepción del mensaje. El estado de ánimo, el carácter y la personalidad son también factores que influyen en la comunicación.

A la deriva, de Horacio Quiroga 2020



TRABAJO PARA 1° 1°

 Comenzamos con un cuento realista

 Horacio Quiroga                                                             A LA DERIVA







El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
--¡Dorotea!--alcanzó a lanzar en un estertor.--¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
--¡Te pedí caña, no agua!--rugió de nuevo.--¡Dame caña!
--¡Pero es caña, Paulino!--protestó la mujer espantada.
--¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
--Bueno; esto se pone feo--murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Se  sentó en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú
corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
canoa, y tras un nuevo vómito--de sangre esta vez--dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

--¡Alves!--gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

--¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!--clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.--En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón míster Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Deseado, un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de  la mano.
--Un jueves...
Y cesó de respirar.
Trabajo práctico          A la deriva de Horacio Quiroga  

Claves para leer “A la deriva” de Horacio Quiroga

Este cuento de Horacio Quiroga puede clasificarse como realista.  La acción se desarrolla en un ámbito en el que la naturaleza enfrenta al hombre y lo lleva a situaciones extremas. El título del relato es muy significativo: el personaje queda “a la deriva” en su canoa, que lo conduce al lugar en que tal vez podría ser atendido y curado. Pero también está “a la deriva” en la vida ya que, en un ambiente tan hostil, su existencia es insignificante y está sometida a toda clase de imprevistos: no puede cuidar la integridad de su cuerpo, ni prevenir la enfermedad, ni hacer nada para defenderse de las fuerzas en este caso destructivas de la naturaleza.

 Actividades

1.      selecciona y copia el significado de las palabras y construcciones siguientes del cuento pueden asociarse con la muerte (consulten el diccionario si no conocen algún término):
fúnebremente – frescura – lustre gangrenoso – veloz ojeada – lúgubre – remolino – majestad – manchas lívidas – obraje – tiempo justo – pantalla de oro – fulminante vómito.
2.      Copia, por lo menos, dos expresiones que remitan a la transformación corporal provocada por la mordedura de la víbora.
3.      ¿Se conoce desde el comienzo del cuento el ambiente en el que se desarrolla la acción? ¿Algún indicio permite suponerlo? ¿En qué lugar del cuento esto se vuelve claro?
4.      Hacia el final, los recuerdos se acumulan en la mente del personaje. A partir de esos recuerdos, ¿qué se puede reconstruir acerca de su vida?
5.      ¿La muerte del hombre toma por sorpresa al lector? ¿Por qué?
6.      ¿Por qué  el narrador se refiere siempre a él como “el hombre” y nunca por su nombre?

La descripción en el cuento

En este cuento, lo mismo que en muchas narraciones realistas, las descripciones cumplen una función muy importante, ya que vuelven más creíble, es decir, más verosímil, lo que se narra. Las descripciones incluidas en “A la deriva” permiten explicar muchas de las acciones que el protagonista va realizando, porque, en la medida en que su cuerpo se transforma y su salud empeora, él va reaccionando de diferentes maneras y tomando distintas iniciativas. El deterioro de su salud se va mostrando al lector por medio de descripciones.
7- Extrae del texto dos descripciones del lugar en donde sucede la historia.
8.      Contestar:
a) ¿Esta historia podría contarse en una secuencia de hechos dejando de lado la descripción del deterioro que va sufriendo el protagonista? ¿Por qué?

9 El narrador
- a la interioridad del personaje (pensamientos, sentimientos);
- al mundo limitado de lo que el personaje hace y ve.
Teniendo eso en cuenta: copia  del cuento ejemplos de esas dos miradas del narrador.

10.    ¿Quién es el narrador de  A la deriva? elige la opción correcta.

- El protagonista.     
- Un testigo que participa de la historia.            
- Un narrador que no participa de la historia.

 

El narrador omnisciente

El narrador es omnisciente cuando conoce todo lo que sucede en un relato, desde lo más importante hasta los mínimos detalles. Así, puede transmitir al lector lo que el personaje ve, pero también puede dar un panorama más amplio, ya que se introduce en la conciencia del personaje o los personajes, pudiendo decir lo que ellos desean, sienten y piensan.

La palabra omnisciente viene del latín, y quiere decir “que todo lo sabe”. En la literatura realista es muy frecuente la presencia de este tipo de narrador.

11.    Hacia el final del cuento, el narrador formula una serie de preguntas. Indica y copia con un círculo alrededor de la letra, la opción correcta.
a. El narrador se hace las preguntas a sí mismo.
b. El narrador se pone en el lugar del personaje y formula las preguntas que el personaje se hace.
c. El narrador le pregunta al lector.
12- REALIZAR UN CUENTO REALISTA CON UN SUCESO EN DONDE EL PROTAGONISTA LUCHA CON LA ADVERSIDAD.


domingo, 8 de marzo de 2015